La Anécdota

Roteiros – TRAMA – La Anécdota

La anécdota se presenta virgen, las veces que el escritor la toma y se dispone a descubrir la forma con la cual ella quiere ser expresada, representada en el escenario de la página en blanco. Ningún abordaje es definitivo para la transmutación de la anécdota en ficción. La única certidumbre con la que cuenta el escritor, al inicio de su proceso de invención, es la otorgada por el instrumento de la palabra. La imaginación y la conciencia suman la necesaria confianza para el acto íntimo de la escritura. La anécdota es igual para cada escritor, como ha de serlo el género en el tratamiento del personaje. Ella es fruto de una elección o una posesión que se establecerá en la interioridad del mismo. En todo caso, la anécdota llega a habitar el escenario de la imaginación del escritor, con una imagen germinal y detonante. Imagen que habrá de insuflarse de vida, una vez comenzado su desarrollo, al convertirse dicha imagen en acción narrativa, teatral, cinematográfica o televisiva.

El dramaturgo y la anécdota, en el proceso de copulación creativa, pretenden conquistar la primera vez, el escurridizo e irrepetible instante de la existencia, o el otro instante: aquél que no ha podido ser. Entonces, una nueva vida habrá de otorgar la forma expresiva del relato teatral. La nostalgia parece movilizar a la escritura en su proceso de adaptabilidad, de historia general como tema a anécdota particular. Instancia última donde se vivificarán los sentimientos de los personajes nacidos de la realidad real, soñada, evocada o extraterrestre. El autor, como sujeto vivo, y la anécdota, como un ente por vivir en personaje, se reconquistarán en el universo creado. La técnica podrá emerger de la experiencia escritural, si bien las respuestas a sus más profundas interrogantes, si las hay, el autor teatral sólo habrá de hallarlas en el rico entramado de su arquitectura dramatúrgica.

La hondura de la realidad subyace en la ficción de manera propulsora, conexión necesaria entre la razón y la imaginación del autor, así la invención escritural se precipite en el tratamiento hacia el absurdo o lo surreal, hacia experimentalismos que disloquen los referentes sociales e ideológicos de la realidad misma. La anécdota es la hija dilecta de los temas recurrentes de la condición humana. No sólo histórica, sino también ontológica. El tiempo los actualiza con nuevas anécdotas y protagonistas. En el proceso de la escritura, la realidad se desembaraza de su estatismo, de sus supuestos, para enfrentarse al renacer de la creación artística. Si embargo, la tradición persiste en la anécdota como los temas en el alma del hombre. Lo clásico se refunda en lo moderno, como lo postmoderno en lo clásico. La imagen de la anécdota teatral pretende alcanzar la revelación oculta entre las sombras y el misterio.

En la exploración dramatúrgica, la anécdota conocida o previsible se deslizará hacia un continente de representación inédito. El suceso central que la moviliza, la imagen vital, intentará producir un impacto en la psiquis de cualquier espía, velado o visible. No se trata de convocar lo mórbido o escabroso para hacer lucir a la anécdota atractiva porque su contenido más interesante también estaría expresado en el marco de la perspectiva autoral, en su primera instancia, en el abordaje, el primer anuncio de la estructura dramática.

La inteligencia y la creatividad del escritor o dramaturgo encontrarán, en historias aparentemente irrelevantes, contenidos sustantivos nunca antes expuestos. Esto ocurre, generalmente, cuando el autor enlaza su anécdota con algún paradigma, mito o arquetipo. Este enganche no agotará al misterio anecdótico, más bien lo preservará de cualquier luz explicativa. Sobre todo, de las racionales. Pero ¿qué puede hacer el dramaturgo cuando el paradigma, el mito y el arquetipo extravían su determinante vitalidad, cuando sus inducciones creadoras dejan de impulsar el universo existencial del hombre? Ante estas preguntas, las respuestas especulativas no servirían de nada. Lo que sí sería de utilísima importancia es la experiencia dramatúrgica que registran los momentos cruciales de la historia. Porque, en ella, la subjetividad creadora siempre es capaz de rescatar la condición humana de los diversos ámbitos donde parece arrinconada, al proveer a los temas de nuevos enfoques e interpretación.

El propio periodo de la posguerra, terminada la Segunda Guerra Mundial, nos ofreció una serie de extrañas piezas teatrales con las firmas de autores como Samuel Beckett, Eugène Ionesco, Arthur Adamov (mucho antes, Fernando Arrabal desde la Guerra Civil española) y, en cada una de ellas, se nos reveló la caída de la razón europea; asimismo, el derrumbe de paradigmas como la lógica y arquetipos como el de civilización, al mostrarnos estos autores, en el entramado de sus diálogos ficcionales, el sin sentido al que fue reducido el género humano a través de atípicos personajes, entes desterrados del mundo y de sí mismos. Esta dramaturgia que fue bautizada por Martin Esslin como El Teatro del Absurdo, exploró el suceso dramático desde el no suceder. En el transcurrir de todo el relato teatral, la intriga pervivió en una especie de expectativa angustiante y desesperante. El verbo se contrajo y emergieron las atmósferas del dolor y la desesperanza. La obra teatral Esperando a Godot es, quizás, la máxima expresión de una dramaturgia que abordó la anécdota desde una perspectiva desacostumbrada: las situaciones límite.

La anécdota es un cuento que se narra con un fin: cautivar. Y lo que cautiva de ella es el cuerpo físico, mental y espiritual del personaje que la habita. Lo que le acontece a éste. Su vida asombra a los demás (lectores y espectadores);sus periplos increíbles nos remueven y conmueven. Aun cuando, a veces, dichos acontecimientos parezcan demasiado familiares para la conciencia ajena. En la narración descriptiva o dialogante de una anécdota, transformada en ficción, se busca cruzar el umbral que nos aleje de la realidad misma. Sea ésta histórica, social, ontológica o metafísica. Un territorio donde la anécdota habrá de parecer extraña y novedosa a nuestra percepción de lectores o espectadores. Un tejido que la hace asomar como el sueño o la evocación de lo vivido. Lo que nos devuelve a la anécdota como familiar, es el sentimiento con el que el personaje la sortea. La anécdota puede llegar a ser absolutamente irreal, fantástica; pero en la formulación creativa, el escritor o el autor no podrán renunciar a sus vínculos más íntimos con la propia realidad del hombre. La transición del proceso se complica cuando no existe la manera precisa de saber cuál es el umbral a traspasar. Éste aparecerá o no, en el arduo proceso de la construcción dramática.

En Hamlet ,de William Shakespeare, la imagen propulsora de la anécdota es la revelación que hace el fantasma del padre a su hijo. Esta confesión se convierte en la llama de una antorcha esclarecedora, al precisarse cómo el anterior Rey fue envenenado por su propio hermano, mientras hacía la siesta en los jardines del palacio. Esa imagen enciende la anécdota de la obra en otras sucesivas imágenes constitutivas de la trama. La imagen ductora que no se agota en su acción más inmediata: la venganza. El sentimiento con el cual Hamlet (el hijo)ejecutará sus acciones en todo el desarrollo anecdótico. En Otelo, del mismo autor, la imagen de los celos se concretiza en un pañuelo. Testimonio y vehículo con el cual Yago le revela a Otelo las supuestas infidelidades de su amada esposa, la impoluta Desdémona.

Si en el futuro no existiera el personaje, el relato narrativo o dramatúrgico demandaría sentimiento, pasión, contradicción, para finalmente motivar, con estos ingredientes, el interés supremo del lector o espectador, quien todavía no parece animado a abandonar el embeleso ante las historias representadas, proyectadas o narradas. Cada uno de ellos es y será como el exigente e inquisitivo Sultán ante el hechizo narrativo de Sherezade.

Por Edilio Peña

Leer más – TRAMA (proceso y construcción de la obra teatral)

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