El Tiempo

Roteiros – TRAMA – El Tiempo

El tiempo, arenoso y escurridizo, parece uno y no lo es. Teje en lo invisible, mientras su huella es la expresión más brutal de la realidad. El tiempo resulta una condena para la existencia humana, quizás por ser su invención
más poderosa y rebasar su propia y ambiciosa estatura.

La rebelión del hombre frente al tiempo se da cuando este se plantea la discontinuidad del mismo o la perpetuidad del instante donde habita. Porque el tiempo no permite retorno ni adelantos. La nostalgia y la evocación se dan en
un plano mental. El tiempo es una linealidad tan definitiva como el destino. La historia, como la anécdota, se vacía en su rígida prisión. Gaston Bachelard acota en La Intuición del Instante (p.15):
El tiempo es una realidad ceñida al instante y suspendida entre dos nadas. El tiempo podrá sin duda renacer, pero en principio deberá morir. No podrá trasladar su ser de un instante a otro para lograr una duración. El instante es ya la soledad… Es la soledad en su valor metafísico más despojado. Pero una soledad de un orden más sentimental confirma el trágico aislamiento del
instante: mediante una especie de violencia creadora, el tiempo limitado al instante nos aísla no solamente de los otros sino también de nosotros mismos, puesto que rompe con nuestro pasado más querido.

La propia ficción no escapa a la irreversibilidad del determinante poder del tiempo. Por eso la creación artística, en sus actos eventuales de representación, se obstina en escapar de la memoria y, con ella, de la nostalgia. La obra de arte intenta perdurar en el hondo infinito de: el aquí y el ahora . La obra “es ”, no “fue ”ni “será ”. En ella, el suceso se realiza en el instante, en el prototiempo de la ficción.

Porque en esta última es más concentrado y deslizante que el mismísimo tiempo real. Su naturaleza depende de la imagen, pero también del sonido y la música que la constituyen, del espacio donde se representa. Su intensidad se da en la acción perpetua de su deseo de absoluto.

El tiempo narrativo ha de proponerse o fracturarse en una línea, movilizarse de un párrafo a otro, de un capítulo al siguiente. El tiempo en la prosa discurre con
fluidez, permitiéndole al personaje rondar el presente, el pasado y el futuro, con la libertad de la lógica del sueño y el ensueño. El tiempo podría estar fuera y dentro del personaje narrado, como la arena invisible de un antiguo reloj. Pedro Páramo , de Juan Rulfo; Manhattan Transfer , de John Dos Passos; Rayuela, de Julio Cortázar; la obra excepcional de William Faulkner y  el Ulysses, del maestro de todos, James Joyce, podrían ser testimonios emblemáticos.

El tiempo en el texto teatral está circunscrito a la interioridad del personaje. A sus desplazamientos caracterológicos. ¿No ocurre así en Las Criadas de Jean Genet, donde cada personaje hace suyo el tiempo existencial del otro? El personaje teatral marca la transición del tiempo en lo que dice, en cómo lo dice y en lo que deja de decir.

El instante será su máxima expresividad temporal. El personaje teatral siempre estará condenado al presente eterno del suceso dramático. Las escenas y los actos lo llevarán a otros lugares, a otros tiempos, pero la matriz de su realización temporal será el instante irrepetible del cual partió, en el que se fraguó su existencia cotidiana.

Los instantes fijados en las situaciones dramáticas que componen el texto dramático han de representar esencias temporales ansiosas de puestas en escena, de interpretaciones futuras, con el fin de consolidar su posterior detonación representativa, en su máximo objetivo temporal: suceder. Ahora bien, con la puesta en escena, el tiempo del texto teatral se expande hacia sucesos no previstos en el texto base, seguramente contenidos en su intertextualidad. Por supuesto, cuando éste resulta ser un texto profundo, deslumbrante. La representación dota al texto de una voluntad mayor, en el sentido de que le otorga el ingrediente del azar, expresado en la conjunción de las partes: maquillaje, vestuario, escenografía, iluminación, música y, sobre todo, la máxima interpretación actoral.

La acción dramática del instante, prevista en el texto de manera sugerente o explícita por el autor, se redimensiona con la interpretación de la puesta en escena, enriqueciendo en su exploración la estrategia textual e inicial del autor. Claro, siempre y cuando la puesta en escena no abandone la esencia del conflicto donde se sostiene la trama que envuelve a los personajes. En este colectivo de confluencias, nadie ha de extraviar el hilo de Ariadna. El
laberinto tiene una entrada y, seguramente, una salida, en el sentido técnico y estructural de la dramaturgia.

El texto teatral y el guión cinematográfico, al igual que el guión de ficción para televisión, se hermanan en la mayoría de los tratamientos estructurales señalados de espacio, objeto y tiempo. Sin embargo, una marcada excepción habrá de separarlos por siempre: el destino final de la imagen. La imagen, en el guión de cine, tanto como la de televisión (cuando se graba), estará condenada
al movimiento mecánico de la repetición y despojada del instante supremo del suceso, de la fuerza del azar. En cambio, la imagen ritual, vívida, del texto teatral es de inagotable existencia en su hábitat, en el aquí y el ahora de
su presente eterno: la representación.

Por Edilio Peña

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